

En un primer momento lo que más me llamó la atención de esta actividad fue la música, me parecía muy particular y atractiva. No obstante por falta de tiempo y un poco de pudor, preferí evitar comenzar a tomar clases.
Cuando finalmente tomé la decisión, hace más de cuatro años, todo fue cambiando. Ya no sentía pudor ni vergüenza y me gustaba mucho bailar.
A medida que iba tomando más clases, mis compañeras me preguntaban cómo podía hacer ciertos movimientos y me di cuenta que no me resultaba difícil explicarles la manera de hacerlos. Ellas entendían con claridad lo que les decía y ahí fue cuando entendí cuenta que desde la práctica podía explicar todo el movimiento, desde que comienza hasta que termina.
Algunos profesores prefieren poner música y, en base a eso dicen qué hay que hacer. Mi técnica es diferente: consiste en desglosar el movimiento y explicarlo en su totalidad, es la única manera de entender claramente lo que se está haciendo y, además, se aplica la técnica al tiempo que se le da un toque personal al baile. De esta manera se evita la repetición sistemática de algo que, en el fondo, tal vez no se comprenda.
Creo que nunca se deja de aprender ya que primero uno asimila mentalmente el movimiento y después de mucho practicar, el cuerpo lo asimila. Eso es lo lindo que tiene la danza árabe.
Actualmente, además de dar clases, sigo estudiando con importantes maestros para lograr sacar lo mejor de los tres más importantes del país, como lo son Saida, Fatima y Amir.
Cuando me pongo en el lugar de maestra y veo que mis alumnas entienden un movimiento en poco tiempo siento una gran satisfacción por ello, me da mucha alegría que puedan aprender las cosas rápido y bien.